MARS, SAULO R.
PRÓLOGO
Estos han sido buenos tiempos para la raza dragónida, en los que hemos disfrutado de paz y tranquilidad porque hemos
vivido en equilibrio con la naturaleza y con todo lo que nos rodeaba. Después de muchos miles, quizá millones de años, al fin habíamos aprendido que el mejor camino es la armonía con nuestros iguales. Atrás habían quedado las devastadoras gue- rras: esas masacres sin sentido que nos impulsaban a reunir e invertir todo nuestro saber, con la única finalidad de destruir- nos entre nosotros.
Contra toda racionalidad, las ansias de destrucción que po- seía nuestra especie durante la era que precedió a este estado de paz no podían excusarse en una inteligencia apenas cultivada, o en el hecho de que hundiesen sus raíces en una civilización sumida en un estado primario de desarrollo. Más bien al con- trario; habíamos conseguido avances maravillosos, poseíamos la más avanzada tecnología, y con ella podíamos incluso des- plazarnos de un planeta a otro si lo deseábamos. Sin embargo, nuestro logro más valioso era nuestro avance psíquico; aquello que otras culturas llamarían magia.
Tomando conciencia de las incontables posibilidades que el poder mental desplegaba, adquirimos entre otras cosas la ca-
Trisquelium
pacidad casi absoluta de comunicarnos ya no solo con nuestros semejantes, sino también con los seres de la naturaleza y con los mismos frutos de nuestro progreso técnico: las máquinas. Algunos se atrevieron a pensar entonces que el deseo de exter- minación propio de nuestra raza desaparecería para siempre, disipado por la interconexión que nuestros descubrimientos nos brindaban; pero eso era, como recientemente y para nuestra desgracia hemos podido comprobar, una presunción ingenua.
Existe una antigua historia que se ha transmitido de gene-
ración en generación, y es nuestra propia historia. En ella se na- rra cómo vivían nuestros antepasados desde los comienzos de nuestra raza, cómo perdían su sangre y su dignidad en aquellas vergonzosas guerras, cómo alcanzábamos la paz cuando por fin nos dimos cuenta de que la lucha entre nosotros no nos llevaba a nada, y cómo la volvimos a perder en el momento que llegaron los invasores y casi consiguieron que nuestra raza se extinguie- ra; fue entonces cuando los Forjadores Cósmicos, en su infinita generosidad y sabiduría, nos otorgaron antes de su gran viaje lo que se convertiría en la pieza clave del equilibrio de nuestro amado planeta: el Alma Cósmica. Este maravilloso don habría de guiarnos en el camino para salir de la barbarie provocada por la lucha contra los invasores. No obstante, si semejante poder fuese a caer en malas manos, las consecuencias serían nefastas. Por esto mismo, y sabiendo que la codicia de nuestra raza puede ser infinita, la historia relata cómo el Consejo de los Ancianos decidió ocultar el Alma: fue trasladada por los mejores druidas de aquellos tiempos hasta su destino final, una zona neutra de gran concentración energética, denominada la Isla de la Niebla. Allí, el Alma Cósmica sería custodiada con celo, sabiendo que si llegado el momento la necesitábamos, ella nos respondería. De este modo sería como si los Forjadores Cósmicos nunca se hubieran ido; como si, encarnados en su don, permaneciesen aún con nosotros.
Sin embargo, y para desgracia de todos, el largo período en
el que la paz y la armonía han reinado entre nosotros y nuestros hermanos ha llegado a su fin, dando paso a una nueva época de discordia. El antiguo poder que los Forjadores Cósmicos nos dejaron se encuentra ahora en serio peligro, y con él, todos los que moramos en el planeta Caleach.
El momento está cerca y debemos estar preparados?
1
Dentro de la gran sala octogonal de control, donde se regis- tra todo lo que sucede en el planeta Caleach, una luz se ilumina
en uno de los cientos de paneles y, con un pitido, avisa de que algo no va bien. Una figura de apariencia humana, vestida con un traje endoenergético de color azulado ceñido al cuerpo, se acerca con agilidad por uno de los laterales de la estancia para comprobar qué es lo que sucede. Cuando llega al panel, se per- cata de que figuran en él una serie de coordenadas donde las alarmas se han activado. A través de la holopantalla que acaba de accionar, realiza una exhaustiva búsqueda por el sector del planeta en el que se ha producido la anomalía. Al poco de rea- lizar las comprobaciones, algo hace que en su rostro se refleje la desesperación y, guardando en un memorium la información que acaba de recibir, se dirige al centro de la sala. Allí, sentada en una butaca rodeada de holopantallas, una figura también de apariencia humana trabaja sin descanso tecleando sobre uno de sus paneles.
?Señor ?llama el joven controlador a su jefe que, sin per- catarse de nada, continúa con la labor?. Señor, disculpe ?in- siste de nuevo el joven.
?¡Ah! Sí, dime, ¿qué ocurre? ?contesta al fin el controla- dor jefe, levantando su rostro arrugado.
?Acabo de recibir una señal de alarma procedente de ciertas coordenadas y he pensado que debería ver de qué se tra- ta ?asegura el controlador con cierto nerviosismo.
Por una pequeña abertura en una de sus mangas, el joven
saca el memorium y se lo entrega al controlador jefe, quien a su vez lo inserta en uno de los paneles para poder visualizarlo en la holopantalla que tiene justo enfrente.
Al ver el contenido del memorium, el controlador jefe se
sume por un momento en la estupefacción. Acto seguido, con expresión grave y resuelta, vuelve la cabeza y, haciendo un gesto con la mano, capta la atención de uno de los guardias que cus- todian la sala.
?Rápido, soldado, llévale este memorium al rey Larmos.
No te demores ?le advierte, poniendo especial énfasis en las últimas palabras.
?Sí, señor ?asiente el soldado con rectitud marcial.
El soldado kórnox ?también de rasgos humanoides, aun- que con una complexión más robusta que la del joven contro- lador y ataviado con una coraza de colores brillantes? coge el memorium, lo introduce por la pequeña abertura de su manga izquierda y se dirige hacia la salida de la sala octogonal. Al lle- gar a la altura de la sólida puerta de metal, extiende la mano hasta posicionarla sobre la pulida superficie, pero sin llegar a tocarla. Al instante, esta comienza a desvanecerse hasta que no es más que una estela etérea, como si de suave humo se tratase. El soldado la traspasa sin problema alguno y, tras él, recobra su forma ordinaria de sólida puerta de metal, decorada en su perímetro con bellos ornamentos rúnicos. La brillante luz de los astros penetra por las grandes vidrieras del largo pasillo, acompañándolo en su travesía. Bellos relieves de extraordinario realismo decoran toda la longitud de las paredes; en ellos, unos seres de poca estatura combaten contra otros colosales y, so-
brevolándolos a todos, portentosas naves y criaturas disputan a la par su propia lucha en el cielo, mientras dos grandes reptiles entrelazados pelean en el mar de forma encarnizada.
El soldado kórnox hace un giro en el pasillo para adentrase en otro más corto, y cuando llega al final se detiene justo de- lante de la pared donde este termina. Repite el gesto que antes ha realizado para abrir la puerta de la sala octogonal, y lo que hasta ese momento parecía un simple tabique toma la etérea y desdibujada apariencia de una humilde puerta de madera. Ya definida en su totalidad, el soldado atraviesa el umbral y, a su espalda, el aire se concreta de nuevo en firme y sólida pared impenetrable. Se encuentra ahora en el interior de una peque- ña habitación redonda, en cuyo centro, un hermoso dibujo de un reptil enroscado abarca el suelo delimitando un círculo. Se dirige hacia allí y realiza un gesto ascendente con la mano. Al instante sus pies se despegan del suelo y comienza a elevarse en vertical por encima del círculo, de manera suave e ininterrum- pida. Lo que al principio parecía una pequeña sala es en reali- dad una habitación que se extiende hacia lo alto, como si del interior de una torre se tratase. Al rato de ascender por dentro de esta especie de torre ?sin que medie nada más que aire en- tre sus pies y el lejano suelo? y cuando está a punto de llegar a lo más alto, hace otro gesto, esta vez con la intención de detener su ascenso. Entonces sitúa la mano contra la suave pero firme pared blanca sin llegar a rozarla, hasta que esta, igual que la vez anterior, toma la nebulosa forma de una sencilla puerta de madera que no duda en atravesar. Así, de nuevo en un pasillo, recorre la distancia que lo separa de la gran entrada con orna- mentos florales que se alza al final del corredor.
Delante de la majestuosa puerta, el fornido dragonio enun-
cia con su áspera voz el cometido que ha venido a realizar:
?Entrega de memorium para su alteza el rey Larmos.
Tras unos segundos, la puerta adquiere la familiar aparien- cia etérea y el soldado pasa a través de ella.
En la gran habitación cuadrada y luminosa, se encuentran de pie conversando dos presencias de apariencia humana con sendas copas en sus manos. Uno de ellos, más alto y corpulento que el otro, viste un traje blanco ceñido al cuerpo y surcado por dibujos dorados. Cubriendo el conjunto, una capa igualmente dorada, orlada con escamas en relieve, cae elegante sobre sus hombros. Percatándose de la entrada del soldado, la regia figura se da la vuelta para situarse frente a él.
?Adelante, soldado. Dime, ¿qué me traes? ?pregunta el dragonio de noble aspecto, mostrando una agradable sonrisa que asoma entre su bien cuidada barba.
El soldado saca de la abertura de su manga la pequeña lá-
mina de energía y, haciendo una reverencia, se la entrega.
?Mi rey, traigo este memorium de parte del controlador
jefe.
?Bien, soldado. Puedes retirarte.
?Sí, mi señor ?asiente el soldado, realizando una nueva
reverencia antes de salir de la sala.
?En fin, mi buen amigo Méltor, veamos de qué nos in- forma el controlador jefe ?comenta el rey Larmos, mirando al otro dragonio que está con él.
El anciano Méltor, vestido con una larga túnica de color violeta ribeteada con elementos florales de distintas clases, si- gue a su rey hasta la columna de mediana altura ubicada en el centro de la estancia y lo observa atento mientras este introduce la fina lámina por una abertura de la columna. En ese momento, la bóveda de la sala, decorada con bellas pinturas, se convierte en una enorme holopantalla que abarca casi toda la estancia. En su superficie comienzan a dibujarse, nítidas y brillantes, unas gigantescas formas.
?Fíjate, Méltor, parecen naves trántox clase Interceptor
?indica el rey Larmos a su amigo. En su pulcro rostro se ha borrado cualquier atisbo de alegría, y ahora refleja tan solo una gran preocupación.
En la holoproyección, una docena de siniestras naves ne- gras, ornamentadas con escudos rojos que representan la ca- beza envuelta en llamas de un fiero dragón escupiendo fuego, sobrevuelan un mar apacible.
Al contemplar las imágenes, el rostro de Méltor, surcado de numerosas y delgadas líneas que relatan silenciosas lo dura que ha debido de ser su vida, se torna aún más arrugado y viejo, sumándole de repente muchos más años de los que ya tiene. No obstante, y pese a la desazón que la holoproyección le pro- voca, es incapaz de apartar la vista. Acercándose todavía más a la holopantalla, se toca con nerviosismo su larga y descuidada barba, y frunce el ceño como si estuviera buscando en su cabeza el modo de introducirse en las imágenes.
?Alteza Larmos, esto no es nada halagüeño. Según pare- ce, las naves trántox se dirigen hacia la Isla de la Niebla, y por lo que se aprecia en las imágenes de la grabación ya están bastante cerca ?asegura el anciano, señalando un punto concreto de la proyección con su huesudo y tembloroso dedo.
?Esto es peor de lo que me esperaba ?confiesa el rey Lar- mos con inquietud?. Creí que aún tardarían un poco más en dar este paso? ?su voz es baja, meditabunda, como si en rea- lidad estuviera hablando para sí mismo?. En fin, Méltor, ¿crees que aún tenemos tiempo suficiente para encontrar al elegido?
?le pregunta a su amigo y confidente, mirándolo con unos ojos de un azul tan intenso que parecen querer atravesarlo.
?Sí, mi señor, creo que sí. De hecho, casi se podría decir que lo tenemos ?contesta Méltor, animándose levemente y re- cobrando algo de su alegría perdida?. Llevamos contactando desde hace algún tiempo con quien creemos que es, casi con total seguridad, el elegido. Nos ha costado encontrarlo, pero ya lo tenemos ?asegura dando un golpe seco en el suelo con su bastón para dar fuerza a sus palabras?. Nuestros informadores por lo menos así lo creen.
?Y tú, ¿qué es lo que crees? ?pregunta el rey mientras
apoya su mano sobre el hombro de Méltor en un gesto de afa- bilidad y confianza.
?Yo también creo que es el elegido; pero tal vez lo mejor sería traerlo y, una vez aquí, comprobar que en realidad es él, aquel que tanto tiempo llevamos buscando. De ser así, yo me encargaría de que se desenvolviera y prosperara en nuestro pla- neta, además de que desarrollara al máximo todas sus energías y capacidades interiores.
?Como bien sabes, es de vital importancia que no se de- more demasiado el hallazgo ?señala el rey Larmos.
?Sí, mi señor. En cuanto tenga nuevas, se lo haré saber.
?Amigo Méltor, los Forjadores Cósmicos nos dejaron un maravilloso legado que no debe ni puede perderse ?comenta el rey Larmos con un matiz nostálgico al recordar tiempos preté- ritos, cuando todo era distinto.
Méltor asiente con la cabeza, pues él también recuerda.
?Mi señor, no debemos olvidarnos de los custodios de la isla. Quizá ellos puedan impedir que los trántox penetren en el interior de la montaña ?dice pese a que ni siquiera él mismo conf ía demasiado en sus propias palabras.
?Sí, tienes razón, aún tenemos esa baza. Sin embargo, no debemos confiarnos demasiado, pues los trántox son conocidos por su vileza y también por su brutalidad ?advierte con segura certeza el monarca dragonio. Después, se vuelve para extraer el memorium de la columna, haciendo desaparecer con ello las muy significativas imágenes?. Debemos convocar al Consejo de los Ancianos de manera extraordinaria y urgente. Es preci- so no demorar por más tiempo lo inevitable ?añade en tono apremiante.
?Sí, mi señor, estoy de acuerdo con ello. Creo que sería lo
más prudente. Por esta razón, si su majestad me da permiso, me retiro en seguida para convocar al Consejo en su nombre ?re- suelve el anciano.
?Adelante, Méltor, ve ?consiente el rey Larmos no sin
cierta desazón, intuyendo los tristes e inevitables aconteci- mientos que se aproximan. Realizando una reverencia antes de salir de la sala, Méltor traspasa la puerta para cumplir con su cometido.
Pensativo, el esbelto y bien parecido rey Larmos se acerca a uno de los grandes ventanales de sus aposentos con los brazos cruzados a la espalda mientras juguetea abstraído con la lámina de energía, haciéndola girar entre sus dedos. Tras esta inmensa ventana por donde penetran los potentes rayos de luz de los grandes astros, el rey Larmos contempla, desde una muy consi- derable altura, gran parte de lo que rodea al castillo: los bellos bosques, los animales viviendo en plena libertad, el lago... En este entorno benévolo, la vida fluye en su estado más puro.
En tan solo un momento, la pequeña lámina de energía que
va cambiando de lugar entre sus dedos desaparece con un leve gesto de su mano, transformándose en aire, como si nunca hu- biera existido.
2
¡R ing! ¡Ring! El despertador anuncia el comienzo de un nue- vo y largo día. ¡Plas! Marcus lo apaga con desgana dándole un
manotazo y se da la vuelta en la cama para seguir haciéndose el perezoso un poco más antes de lo inevitable. Pero el desper- tador es persistente, y con más brío en su timbre comienza de nuevo su rutina, anunciando una vez más el inicio del día.
?Otra vez no ?protesta metido debajo de las mantas. Sacando ganas de donde no las hay, Marcus se incorpora
en la cama y apaga por fin el molesto despertador.
?¿Quién habrá inventado estos aparatos?? ?se pregunta entre bostezos mientras retira parte de la enmarañada sábana. Sentándose a un lado de la cama, mira con recelo el desperta- dor, se rasca la cabeza y bosteza de nuevo. Esta noche ha dor- mido mal, y está tan cansado como si no hubiera dormido en absoluto.
?¡Vamos, Marcus! ¡Vas a llegar tarde al instituto! ?dice su madre desde la cocina.
?¡Tomaré algo rápido! He quedado con Pedro y Álex para
ir juntos a clase.
Como un rayo, se viste y mete en su mochila los libros del
instituto, lanzándose después por las escaleras a toda velocidad hasta entrar en la cocina.
?Buenos días, mamá ?dice Marcus al tiempo que abre
uno a uno los armarios en busca de algo apetecible que comer.
?Buenos días, hijo ?responde su madre?. Anda, deja de revolver los estantes y tómate esto. Lo he hecho especialmente para ti ?dice con una sonrisa mostrándole una tarta de man- zana de aspecto suculento, acompañada de un buen tazón de leche con cacao y un vaso con zumo de naranja. En cuanto ve tan goloso desayuno, Marcus cierra los armarios y se sienta a la mesa.
?¡Qué buena pinta tiene todo! ?asegura agradecido, co- giendo un trozo de la sabrosa tarta y llevándoselo rápidamente a la boca, seguido de un buen sorbo de zumo: le encanta el zu- mo de naranja.
?Come tranquilo, Marcus, pero procura no entretenerte demasiado ?señala su madre tras echar un vistazo al reloj de la pared.
Más que comer, parece que Marcus engulle todo lo que
hay al alcance de sus manos, y al poco rato se levanta de la mesa masticando aún el último bocado de tarta.
?¡Espera, hijo, te dejas el almuerzo! ?exclama su madre al ver cómo Marcus sale de la cocina a toda velocidad.
?¡Ah, sí! Gracias, mamá ?dice el joven, volviendo sobre
sus pasos para coger la bolsa que ella le tiende y guardarla en la mochila. Se para un segundo y le da un beso en la mejilla antes de salir de casa como una centella corriendo en dirección a la parada del autobús.
?¡Marcus, Marcus! ?lo llama una voz familiar. Se detiene y busca con la mirada el origen de la voz.
?¡Buenos días, Pedro! ?saluda al chico que ahora se acer-
ca a buen paso desde el otro lado de la calle.
Es un muchacho de unos quince años, al igual que Marcus,
y también porta una mochila a sus espaldas. Su aspecto es agra- dable, aunque un poco desaliñado y algo rollizo.
?Buenos días, Marcus. Pensé que era el único que llegaba tarde al bus, pero te he visto salir de casa y me he dicho: «Pedro, apura el paso si no quieres ser el último». Y en fin, aquí estoy
?comenta con el aliento algo entrecortado.
?Pues si no nos damos prisa, seguro que lo perdemos ?ase- gura Marcus.
Así que los dos jóvenes salen corriendo hacia la parada con
el propósito de tomar el autobús que les llevará hasta su institu- to desde la urbanización en la que viven, que está ubicada a las afueras de la ciudad.
?¿Has visto a Álex esta mañana? ?le pregunta Marcus sin
dejar de correr.
?No, aún no lo he visto. Seguro que ha cogido antes otro bus. No suele quedarse dormido ?asegura Pedro, fatigado.
Los dos jóvenes amigos llegan por fin a la parada. En ella,
con la puerta aún abierta, les espera el último autobús.
?Venga, subid de una vez. No tengo todo el día ?gruñe el conductor desde el interior del destartalado vehículo al verlos acercarse. Algo cejijunto, frunce el velludo ceño mientras los observa acceder al interior de la vieja lata. Es obvio que hace varios días que la maquinilla de afeitar no roza siquiera el ás- pero rostro, y aunque lo hiciera, no bastaría para mejorar su arrugada y fea cara.
Con un chasquido, producido por la gastada caja de cam- bios al engranar la primera marcha, el vehículo se pone en ca- mino transportando en su interior a numerosos chicos de di- versas edades. Finalmente se detiene delante del instituto con un chirriar de frenos.
?¡Todos abajo! ?grita el conductor con su desagradable
voz al tiempo que abre la puerta de salida, girando a medias la cabeza para comprobar que todos los jóvenes descienden y que nadie se queda dentro?. Que sea la última vez que tengo que
esperar por vosotros dos. A la próxima os quedáis en tierra ?gru- ñe cuando Marcus y Pedro pasan por su lado.
Cuando todos han salido, el conductor arranca de nuevo y el autobús se aleja dejando tras de sí una negra humareda.
?Qué carácter. Será mejor hacer lo que dice ?comenta
Pedro.
Los dos chicos atraviesan el patio delantero del instituto, lleno a estas horas de estudiantes: unos pasean aprovechando los últimos instantes de libertad, otros se sientan más allá deba- jo de un árbol ?incluida alguna pareja prodigándose arruma- cos?, y otros se reúnen en pandilla charlando de lo suyo; todos ellos esperando a que suene el timbre de entrada a las aulas.
?¿Ves aquel grupo de chicas?? ?le dice Marcus a su ami-
go mientras avanzan por el patio.
?Sí, lo veo ?responde Pedro mirando a las chicas a las que Marcus señala?. Ya comprendo. A quien tú miras es a Betty
?añade suspicazmente?. ¿Aún no te has dado por vencido?
Pero ¿no ves que esa chica no es para ti?... ¿Acaso no compren- des que ella no te hace ni caso? ?continúa Pedro, intentando hacerle entrar en razón.
Marcus, sin prestar atención a lo que Pedro le está dicien- do, se acerca hasta el grupo de chicas con la intención de en- contrar una posibilidad de hablar con Betty. La joven es una chica muy atractiva, pero quizá algo superficial. Para ella y sus amigas parece que solo existe una cosa: ellas mismas. Todo lo demás resulta carente de interés salvo, claro está, que se trate de alguien que ellas crean de su misma condición.
?Hola, Betty ?saluda Marcus con cierto nerviosismo.
?¡Qué querrá este ahora?! ?cuchichean entre sí las chi- cas del grupo mirándolo de arriba abajo con cara de asco, como si de algo raro y extraño se tratase.
Marcus recibe en ese momento un fuerte empujón por de- trás que hace que pierda el equilibrio y se precipite contra el suelo. Con el golpe, la mochila se abre y todo su contenido ?al-
muerzo incluido? se desperdiga alrededor del pobre Marcus.
?¿Os está molestando este patán? ?les pregunta el en- greído Carl a las chicas, orgulloso de haber tirado a Marcus al suelo.
?No te preocupes por ellos. Casi ni nos habíamos fija- do en que estaban aquí ?dice una de las chicas más estiradas mientras las otras ríen la gracia hecha por Carl.
El grandullón de Carl se acerca hasta Betty y, rodeándola
por la cintura, le da un beso en los labios que ella agradece con una sonrisa. Entretanto Marcus, ayudado por Pedro, recoge los libros y los guarda de nuevo en la mochila.
?¡No se os ocurra acercaros más a las chicas! ¿Lo habéis entendido, pringados? ?advierte Carl.
Mientras tanto, el timbre de entrada a las aulas ha comen-
zado a sonar. Carl, con su chica al lado y sus secuaces detrás, se encamina hacia el interior del instituto. Al pasar junto a los dos amigos, no duda en aprovechar para pisotear el almuerzo de Marcus entre risotadas.
?Vaya forma de empezar el día? Aunque yo ya te había
advertido que esa chica no era para ti ?asevera Pedro.
?Ya lo veo, no hace falta que me lo recuerdes más. Ese abusón y sus cretinos compinches no son más que marionetas
?dice Marcus levantándose del suelo con lo que queda de su almuerzo aplastado. Mira durante un instante los restos de lo que antes era un jugoso bocadillo, para tirarlo después en una papelera cercana. En seguida ambos se ponen las mochilas a la espalda y se dirigen a buen paso hacia el interior del instituto.
?No te digo que no, pero es que esas marionetas te pue- den hacer mucho daño ?contesta Pedro.
Mientras recorren el pasillo que conduce a sus respectivas
aulas, Marcus se gira hacia su amigo.
?¿Quedamos a la hora del recreo?
?Vale ?contesta distraído Pedro, preocupado porque lle- ga tarde a su clase.
?Si ves a Álex, dile que venga. Tengo algo que contaros
?insiste Marcus.
?Sí, se lo diré. Hoy, en Biología, su clase coincide con la mía en el laboratorio. Pero? ¿qué es eso que nos tienes que contar? ?pregunta con curiosidad.
?No seas impaciente, Pedro, ahora no hay tiempo. Ade-
más, quiero que estéis los dos.
?Bueno, de acuerdo... Tendré paciencia ?responde con resignación.
?Quedamos en el descanso de las once, al lado de la can- cha de baloncesto.
?Vale. Y me traigo también a Álex si yo lo veo primero ?re- pite Pedro como si se tratara de una letanía.
Los dos amigos se despiden y cada uno se encamina hacia un pasillo distinto. Marcus apura un poco el paso, pues está se- guro de que llega tarde a la clase de Física. En efecto, cuando se encuentra frente a su aula la puerta está ya cerrada. A través del cristal que hay en la puerta, comprueba que el profesor Weis- man ha comenzado la clase y está escribiendo algo en la pizarra.
Gira despacio la manecilla y empuja la puerta con suavi- dad para no ser descubierto por el profesor, que continúa es- cribiendo unas fórmulas en la pizarra. Creyendo con alivio que el señor Weisman no se ha percatado de su presencia, Marcus aprovecha para colarse dentro del aula y camina casi de punti- llas hasta su pupitre entre las sonrisas divertidas de algunos de sus compañeros.
?Vaya, señor Samhain, veo que ha decidido honrarnos con su presencia ?dice el profesor Weisman sin dejar de escri- bir en la pizarra.
Marcus frena en seco antes de llegar a su pupitre, sobre- saltado por la aguda percepción del profesor, aunque no es la primera vez que piensa que el señor Weisman parece tener ojos en la nuca. Algunos de sus compañeros ?entre los que están Betty, Carl y sus secuaces? se ríen con descaro ante la torpeza de Marcus.
?Siéntese, verá cómo no se arrepiente de haber tenido la delicadeza de venir a mi clase ?prosigue el profesor, acabando de escribir y girándose hacia los alumnos.
El profesor Weisman es una de esas personas de las que no se puede decir con certeza cuál es su edad, quizá porque de manera habitual se viste con sus famosas chaquetas que le hacen parecer algo mayor. Es un hombre de carácter apacible, pero de rápida inteligencia. Trata de enseñar a sus alumnos el sentido de la f ísica en el día a día: gusta de poner ejemplos a sus explicaciones, y usa siempre que puede comparativas que incluyan algún elemento familiar para sus alumnos. Le interesa
?más que el hecho de que alguien saque buena nota por haber estudiado el temario de memoria el día previo al examen? que sus alumnos comprendan lo que él explica y que, al compren- der, retengan casi sin esfuerzo. Se podría decir que el profesor Weisman es un buen profesor.
Marcus toma asiento y, cuando está sacando de su mochila el libro de Física, un par de bolas de papel impactan contra su cabeza. Algo mosqueado, se gira en busca de aquel que ha creí- do que su cabeza es una diana, aunque la verdad es que tiene una idea bastante clara de quién ha podido ser: Carl y alguno de sus compinches que, como si no tuvieran nada mejor que hacer, se dedican a fastidiar al personal con actos desagradables desde sus pupitres del fondo del aula.
?¡Silencio todos! Abran el libro por la página veintinueve. Hoy hablaremos sobre la energía. Señor Samhain, comience a instruirnos con el primer párrafo de este tema ?indica el pro- fesor Weisman con su habitual calma.
Después de unas cuantas clases un tanto duras, el timbre
suena con fuerza anunciando la ansiada hora del descanso. Marcus, al igual que el resto de sus compañeros, sale raudo y veloz al patio, dirigiéndose hacia la cancha de baloncesto donde ha quedado con Pedro.
Una vez allí, se da cuenta de que es el primero en llegar de
los tres amigos y comienza a buscarlos con la mirada. Ve a lo lejos cómo Pedro sale del edificio y se acerca a paso rápido, un poco sofocado.
?Ya estoy aquí. ¡Uf!... ?resopla.
?Hola, Pedro. ¡No podía más!, ni siquiera con una sola clase ?confiesa Marcus a su amigo.
?Bueno, piensa que pronto llegarán los exámenes previos
a la Navidad y tenemos que estar preparados para ellos, así que hay que aplicarse. Sobre todo con las mates ?dice Pedro en tono paternalista.
?Si tú lo dices? ?responde Marcus desganado?. Por cierto, ¿sabes dónde está Álex? ?añade al momento con repen- tino interés.
?Como te comenté, coincidimos en el laboratorio su clase y la mía. Le dije que querías hablar con nosotros, y que había- mos quedado a la hora del descanso al lado de la cancha de baloncesto.
?Pues parece que sigue desaparecido. No, espera ?corri- ge Marcus al ver que al otro lado del patio aparece Álex?. Mira, por ahí viene.
Con paso lento y con cierta desgana, se acerca hasta la can- cha un chico alto y enjuto, de piel pálida y ojeras que le dan un aire un poco enfermizo a su semblante. La ropa negra que viste realza aún más la blancura de su rostro.
?Hola, chicos. ¿Cómo va todo? ?pregunta Álex con su habitual aire indolente.
?Pero hombre, ¿dónde te metes? ?inquiere Marcus.
?He tenido algunas dudas con un problema de Matemá- ticas, nada que no se pueda resolver ?contesta Álex, restando interés a su tardanza?. Dinos, Marcus, ¿qué es eso tan impor- tante que querías contarnos? ?inquiere cambiando de tema.
?¡Hum! A ver... por dónde empiezo. La verdad es que has-
ta a mí me sorprende ?reflexiona Marcus, pensativo.
?Venga, vamos, desembucha de una vez. No tenemos de- masiado tiempo ?insiste Álex.
?Está bien, os lo voy a contar, pero mejor vayamos dando un paseo ?sugiere Marcus, echando un vistazo a la cada vez más concurrida cancha.
Los chicos se alejan de la cancha de baloncesto y se dirigen hacia el otro lado del patio, mucho más solitario.
?Lo diré de manera sencilla, o eso espero ?comenta Mar-
cus, rascándose la cabeza e intentando aclarar sus ideas?. Des- de hace unos días? bueno, más bien desde hace unas noches, no he parado de tener unos sueños muy extraños. Aunque el de ayer ha sido el más raro que he tenido hasta el momento ?co- mienza a decir, intentando darle cierta intriga a su relato.
?¡Vamos, cuenta, no nos dejes en ascuas! ¿Qué fue lo que
soñaste? ?pregunta Pedro con insistencia.
Marcus hace un alto en el camino, mirando a sus amigos a los ojos antes de retomar su historia.
?Antes de proseguir con lo que os voy a narrar, quiero que
sepáis que os lo cuento solo a vosotros porque sois mis mejores amigos y porque sé que esto quedará entre nosotros. Por muy raro que os parezca lo que os voy a contar, espero que no os lo toméis a broma. He de confesaros que al principio me parecía un poco sorprendente, pero necesito contároslo. ?Llegado a este punto, guarda silencio y los observa como si estuviera es- perando algo de ellos.
?Puedes confiar en nosotros ?asegura Pedro en un tono que transmite una firmeza y seguridad absolutas. Marcus son- ríe levemente, y después los dos chicos se vuelven hacia Álex.
?Claro, por supuesto que puedes confiar en nosotros
?dice Álex , viéndose un poco acorralado.
Aclarado este punto, los chicos retoman su paseo por el patio.
?Bien, pues empezaré por el principio ?recapitula Mar- cus?. Antes, cuando me dormía tenía unos sueños que pare-
cían muy reales. Tanto es así que no estaba seguro de si estaba soñando o de si, por el contrario, me encontraba despierto en un mundo que, casi con total seguridad, no era este. Las cons- trucciones que yo veía, al igual que sus gentes, me parecían in- sólitas. No sabría decir por qué. Y a veces me veía volando por los cielos sin que ningún artefacto me impulsara, recorriendo bosques enteros ?explica Marcus. Hace una breve pausa para ordenar sus ideas antes de continuar?. Pero es que lo de esta noche ha sido si cabe, más raro y extravagante, pues uno de esos seres que yo he visto en mis sue